miércoles, 31 de enero de 2018
martes, 30 de enero de 2018
¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA?
Filosofía significa “amor a la
sabiduría”. Pues vaya. Seguramente hasta ahora no te has topado con ninguna
asignatura a la que se te pide que le tengas cariño. Las matemáticas son
matemáticas, no “amor a los números”; no existe la asignatura de “amor a la literatura”,
sino simple y llanamente literatura. Y en química se estudia la tabla
periódica, sin que a nadie le importe si el estudiante o el químico tienen
aprecio por los elementos alcalinos. Nos encontramos ahora con una disciplina
que consiste en “amar la sabiduría”. Más bien promete ser lo contrario, y es
posible que acabemos odiando a la dichosa sabiduría esa, y nos convirtamos en
fobósofos, en lugar de filósofos. Al fin y al cabo, podemos decir, “yo quiero a
quien me viene en gana y a lo que me da la gana. ¿Está claro?”. Parece que no
ha sido un buen comienzo. Vamos a intentarlo de otra forma. ¿Qué eso de la
“Filosofía”? O por lo menos ¿qué es eso de “sabiduría”?, porque no parece fácil
que pueda tener ningún aprecio a algo que no conozco en absoluto. ¿Ser filósofo
es ser sabio? ¿Es conocer de memoria todas las respuestas que puedan hacer en
cualquier concurso de televisión? ¿Ser el rey del trivial? ¿No fallar nunca
ninguna pregunta en ningún examen? Basta de preguntas, y vamos a intentar dar
alguna respuesta. Podríamos decir que la dichosa Filosofía de la que estamos
hablando es algo así como un modo distinto de ver las cosas, una manera
diferente de ver la realidad. No como algo normal, sino como algo asombroso,
tan asombroso como el mundo de los cuentos, en el que todo es extraordinario y
puede uno cruzarse con un conejo que va hablando (como en “Alicia en el país de
las maravillas”) o con calabazas que se convierten en carrozas, o... O a lo
mejor se descubre que es un mundo de magia, en el que las cosas son así pero
podrían ser de otra forma, y no todo el mundo se da cuenta de ello (somos
capaces de acostumbrarnos a cualquier cosa), y por eso existen los muggles y
los magos (Harry Potter). También cabe que haya quien descubra que a lo mejor
las cosas no son tan maravillosas como estamos diciendo, sino que a lo mejor
estamos en un mundo que es una trampa, en el que nos están engañando de alguna
forma, tal y como descubre el protagonista de Matrix (que reproduce el problema
que se plantea ya el Mito de la Caverna, La vida es sueño, Descartes y su
“demiurgo maligno”, el de 1984, el de...) Pues bien, tanto unos como otros
tienen en común que no se conforman con ver lo que todo el mundo ve, o con
verlo como todo el mundo. Son capaces (desde Harry Potter hasta el fulano de
Matrix) de “asombrarse” ante la realidad. Lo que para otros es normal, para
ellos es asombroso, bien porque sea algo mágico o maravilloso, o bien porque no
“se fían” sin más de lo que los demás se fían.
“Pero eso sucede sólo en los
cuentos o en las películas." Eso es lo que diría cualquier smugle, o
cualquier “conectado a Matrix”. En realidad, todos hemos tenido esta capacidad
de asombro en nuestra infancia. Los niños miran todo con asombro, hasta su
propio pie. Nada les parece rutinario o aburrido, al menos mientras son
suficientemente pequeños. Todo es sorprendente para un niño: un perro, una
cafetera, que las cosas se caigan al suelo, una luz... Por eso los niños viven
en una continua interrogación (¿por qué esto?, ¿por qué lo otro?) que poco a
poco van perdiendo, quizá debido a que siempre se les responde con un “porque
sí”, que termina por aburrirles y hacerles creer que las cosas son así porque
es de buena educación que sean así. En esa situación sólo resulta asombroso lo
aparente Pero no sólo los niños son capaces de asombrarse. Lo propio de los
científicos, de los grandes sabios, es mirar con asombro lo que los demás ven y
contemplan como lo más natural del mundo. La leyenda de Newton y la manzana es
muy ilustrativa al respecto, pues a lo largo de la humanidad miles y miles de
manzanas han golpeado a los incautos paseantes que se tumbaban al pie de sus
árboles, pero a casi ninguno de ellos se le ocurrió asombrarse ante ese hecho.
Pero mientras que la mayoría sólo fue capaz de obtener de ese golpe nada más
que un chichón (y una manzana), Newton -según la leyenda- empezó a reflexionar
sobre la gravitación universal. Pues bien, esta misma actitud, ese modo de ver
las cosas con un asombro que nos lleva a preguntarnos su porqué es algo propio
de los filósofos. Es preciso hacer una aclaración importante: no es lo mismo el
asombro (a veces también se llama admiración: “quedarse admirado o asombrado de
algo”) que el estupor. El asombro es propio de los sabios, de los niños, de
artistas, de los que no tienen una mirada rutinaria del mundo; el estupor es lo
que define al estúpido. El estupor abunda y el asombro escasea, y hay que saber
distinguirlos, pues uno y otro podrían parecer lo mismo a los ojos de muchos.
Ambos, el asombro y el estupor se producen ante algo que nos supera, que
sentimos que se nos escapa de alguna forma. Cuando estamos asombrados de algo o
ante algo nos preguntamos ¿cómo es posible que...? O ¿por qué...? Nos
encantaría saber más de lo que estamos viendo, porque sabemos que hay más (como
decíamos antes, lo mágico o misterioso que existe en las cosas) y vale la pena
descubrirlo. Pero el estupor no tienen nada que ver con esto. El estupefacto se
halla igualmente con algo que le supera, que siente que se le escapa; se
encuentra boquiabierto ante una pizarra llena de números o de palabras que le
resultan ininteligibles... pero no quiere saber nada de eso. Le supera y no le
interesa: no hay quien lo entienda. Posiblemente todos hemos estado
estupefactos alguna vez (tal vez muchas). Cuando decimos “eso no hay quien lo
entienda”, con frecuencia lo que queremos decir es que hemos perdido todo
interés o toda esperanza en llegar a entender eso que no entendemos. Nos
volvemos sordos a cualquier explicación que nos puedan hacer. Estamos a veces
estupefactos en alguna asignatura ante algún tema que no nos ha entrado bien.
No nos preguntamos ¿cómo es posible eso?, sino algo así como “muy bien, no lo
entiendo: dime qué tengo que poner en el examen, qué operación he de hacer,
cuál es el truco....” Y ya está.
Quien está asombrado busca,
tiene esperanzas y empeño por encontrar, aunque sea difícil (les lleva a saber
más, aunque nunca acaben de saber del todo: de hecho cada vez están más
convencidos de que saben menos, pues a medida que avanzan no paran de descubrir
cosas asombrosas). El estupefacto no busca, carece de empeño o interés por
encontrar y acaba refugiándose en las reglas de lo que sabe hacer, cosas
repetitivas que no le planteen problemas. Si no se sale habitualmente del
estupor se acaba siendo un estúpido, que es una forma de ignorancia. Se deja de
ver que haya algo “extraño” en las cosas: las cosas son así, y ya está: “¡Las
manzanas caen al suelo, porque sí, no hay más que averiguar!”, le hubiera dicho
un ignorante a Newton. Con frecuencia quien es ignorante desprecia al sabio. El
ignorante suele pensar que ya lo sabe todo, o al menos que ya sabe todo lo que
vale la pena, y por eso no busca. El verdadero sabio, en cambio, sabe que no
sabe: se da cuenta de que es mucho más lo que no sabe, que hay mucho más por
saber, y por eso puede seguir buscando. Evidentemente, algo sabe, ya que si no
sería un mero ignorante; pero no sabe del todo. Por eso los sabios suelen
considerarse filósofos, amantes de la sabiduría. El estúpido o el ignorante
tiene a veces la apariencia de “experto”, que en el sentido malo de la
expresión es aquel que sabe unas cuantas técnicas y desprecia lo demás. Es más
cómodo y se siente más seguro. Nos hemos ido por las ramas. Hasta ahora hemos
hablado de que se puede ver el mundo con asombro o con rutina (el estupor acaba
en rutina). El asombro es una de los requisitos de la filosofía. Pero no es el
único, pues también los físicos, los matemáticos, los historiadores, etc., se
asombran y no se llama filosofía estrictamente a lo que ellos hacen. ¿Qué es,
pues, lo propio de la Filosofía? La filosofía se caracteriza por dos cosas más:
reflexiona (se admira) sobre cualquier aspecto de lo real, incluso sobre toda
la realidad en su conjunto, mientras que las otras ciencias se ocupan únicamente
de un aspecto de la realidad (la química, la física, etc. se ocupan de un
objeto muy concreto cada una de ellas). Y además lo hace desde un punto de
vista exclusivamente suyo: las últimas causas. ¿Últimas causas? Se ve que es
urgente poner un ejemplo. Vamos a pedir auxilio ¿Qué es lo que, en el fondo soy
yo? Esta es una de las preguntas filosóficas por excelencia. Nace de un
asombro, de vernos distintos al mundo que nos rodea, a los geranios que tenemos
en el balcón, a nuestro querido perro, al microondas... O a lo mejor no somos
tan distintos, se nos ocurre pensar, pues al fin y al cabo dicen que todos los
seres vivos somos primos más o menos lejanos; y las máquinas son cada vez más
perfectas, y estamos hartos de ver películas en las que los robots son iguales
o mejores que los humanos. ¿Qué somos? ¿Qué es lo que, en el fondo nos
distingue de los demás seres? ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? Estamos
asombrados, y supongamos que, para no caer en el estupor (¡después de todo lo
que hemos dicho!), consultamos a diversos científicos, para que nos orienten
desde el punto de vista de su especialidad. ¿Qué somos?
Un químico nos podría decir
que para su ciencia no somos más que unos cuantos litros de agua, carbono,
potasio, sodio, y 8 algunas cosas por el estilo. La química no nos dice nada
más. La medicina responderá que estamos sanos, o bien que somos un paciente
aquejado de tal enfermedad; pero está claro que para responder a las preguntas
que nos estábamos planteando no basta con decir que somos unos individuos sanos
(o que tenemos el colesterol un poco alto), aunque eso sea cierto. Si cayéramos
en un laboratorio de física, y se nos sometiera allí a un estudio
pormenorizado, el instrumental podría facilitar cierta información acerca de
nosotros mismos, como nuestra masa, temperatura, la velocidad de nuestro
movimiento, la respuesta de nuestro cuerpo a las radiaciones, etc. Todas estas
afirmaciones de las distintas ciencias son ciertas, pero insuficientes. Son
ciertas, pues es innegable que estoy sano, peso setenta kilos, tengo una
cantidad de sodio en mi cuerpo... Pero yo no soy eso; al menos, no lo soy sin
más. Ramón y Cajal lo explicaba diciendo que un beso, que ha sido desde siempre
objeto de admiración de poetas y enamorados, médicamente considerado no es más
que un intercambio de microbios. Y, efectivamente, un beso es un intercambio de
microbios, así como una sonrisa es también un movimiento de los músculos de la
cara, pero no es sólo eso, ni fundamentalmente lo es. De hecho, si alguien nos
dijera que un beso es un mero intercambio de microbios, o que la sonrisa es un
determinado movimiento muscular, sin duda le diríamos que no ha entendido nada
de lo que en último término son esas realidades, aun cuando las haya estudiado
con mucho rigor científico. En conclusión, las ciencias se fijan en
determinados aspectos de la realidad, pero no llegan, por así decir, al fondo
último de las cosas. No llegan al fondo último de las cosas, ni pretenden
llegar, porque no es esa su misión. Esto es lo que queríamos decir cuando
afirmábamos que la Filosofía busca “las últimas causas”. La radicalidad, el
interés por el qué es en último término algo, y no meramente cómo funciona, o
cómo se desarrolla, la pregunta por el porqué último de las cosas es lo que
diferencia una pregunta filosófica de las preguntas de las demás ciencias. Pero
además hay aún otra diferencia: y es que podemos “filosofar” sobre cualquier
aspecto de la realidad. No tenemos por qué ceñirnos al mundo de las
transformaciones de unas sustancias en otras, como hace la química, o al cómo
lograr la salud del cuerpo humano, o a las alteraciones genéticas, o... Podemos
plantearnos preguntas filosóficas sobre cualquier aspecto de la realidad, y
preguntarnos qué es, en último término el hombre, qué es el conocimiento y si
podemos decir que un animal o una máquina conocen, qué nos distingue de estos
seres, de los animales y de las máquinas, etc. Es más, podemos también
preguntarnos no sólo por un aspecto de la realidad (por el hombre, por los
seres vivos, por si existe algo distinto a la realidad material que
percibimos,...) sino que también podemos preguntarnos por toda la realidad a la
vez. Podríamos, por ejemplo, preguntarnos que por qué hay seres y no más bien
la nada: es decir si el mundo requiere una causa que lo explique o bien se
basta a sí mismo y no necesita más explicaciones. O también nos podemos
plantear si la realidad es tal y como la percibimos, o si estamos sumidos en un
9 sueño, un engaño o una manipulación. Podemos plantearnos si existe alguna verdad,
algo de lo que podamos estar completamente seguros, si podemos descubrir cuál
es el sentido de nuestra vida, pues hay quien dice que carece de él.... Aunque
puedan sonar a preguntas un tanto curiosas, son cuestiones que lleva el ser
humano consigo. Preguntas por el sentido y la totalidad de la vida. Que nos
planteemos estas cuestiones no nos garantiza que las vayamos a responder. Tal
vez obtengamos respuestas que nos traerán nuevas preguntas, No hay “aparatos de
filosofar”, no existen los “termómetros de filosofía”. Si eso fuera posible,
muchas de las tareas filosóficas serian relativamente más sencillas. Pero hay
muchas cosas que no se pueden encerrar en un laboratorio (recuerda el ejemplo
del beso) y no por eso son menos importantes o menos reales. Más bien quiere
decir que el microscopio tiene un límite, y hay aspectos de nuestra vida que no
se resuelven con ecuaciones. Recapitulando: hemos visto que la filosofía es un
conocimiento sobre cualquier aspecto de la realidad por sus últimas causas.
Para filosofar, como para realizar cualquier tarea científica, es necesaria la
admiración: no conformarnos con lo que aparece de la realidad, descubrir lo
asombroso que es que las cosas sean tal y como son.
Libro: Introducción a la
filosofía
Autor: Javier Sánchez-Collado
http://elvelerodigital.com/apuntes/filosofia/jsc_filosofia.pdf
GLOSARIO
Muggles: Se denomina muggle al ser humano que
no tiene ninguna habilidad mágica.
Smugle: pasar de contrabando
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